PLATÓN, DIÁLOGOS; EUTIFRÓN O DE LA SANTIDAD

                                                             EUTIFRON

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871

ARGUMENTO.
La naturaleza de la santidad, ó usando el lenguaje
de Platón, lo santo, ocupa el fondo del diálogo; jun su-
puesto encuentro del adivího Eutifron con Sócrates es lo
que da origen á la cuestión. Eutifron pretende realizar
un acto santo, reclamado por la justicia , pidiendo, con
ocasión de la muerte de un esclavo, una condena contra
su padre. Al que piensa que obra santamente, tiene cual-
quiera derecho á exigir de él. que diga en qué consiste
la santidad. Esto es lo que hace Sócrates, que representa
en este caso la conciencia moral y la razón. ¿La santi-
dad consiste , por ejemplo , en tomar por modelos á Sa-
turno y á Júpiter, los más grandes de los dioses, que,
según las leyendas, se erigieron uno y otro en jueces de su
propio padre? Pero un ejemplo no puede ocupar «I lagar
de una definición ; porque designar una acción santa no
es precisar el carácter esencial y universal de la santidad.
Es imprescindible que Eutifron generalice su pensamiento
y dé la siguiente definición: La santidad es lo que
agrada á los dioses, y la impiedad es lo que les des-
agrada.—Pero los dioses no están acordes entre sí, como
que están divididos. Lo que agrada á los unos puede des-
agradar á los otros , y en este concepto el mismo hombre
y la misma acción serán santas é impías, todo á la vez.
La santidad absoluta es., por consiguiente, incompatible
con la pluralidad de los dioses. Esta consecuencia rui-
nosa , impuesta por la lógica , sale del fondo mismo de la
teología politeísta. ¿Y qué argumentos pueden oponerse
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á esta consecuencia? ¿ Será gratuita y contradictoria esta
afirmación, de que los dioses están siempre de acuerdo
sobre la santidad de una acción? Admitamos por un mo-
mento la nueva definición que de aquí se deduce. La san-
tidad es lo que agrada á todos los dioses , y la impiedad
lo que á todos desagrada. Ahora se trata de indagar
si lo que es santo es amado por los dioses porque es santo;
ó si es santo porque es amado por los dioses; lo que equi-
vale á averiguar si la santidad por su esencia y su fuerza
propias tiene derecho al amor de los dioses; si se im –
pone á su amor por ser superior á él, distinto é inde-
pendiente de él; ó bien si el amor de los dioses á un
f)bjeto cualquiera es el que convierte este objeto en una
cosa santa. Podrá responderse que lo santo no puede
menos de ser amado por los dioses. ¿Pero qué se sigue de
aquí? Esta conclusión decisiva: de que lo santo es amado
por los dioses por lo mismo que es santo, ó en otros térmi-
nos, que es amable en sí y por sí.—Desde este acto la se-
gunda definición no es más sostenible que la primera;
porque decir que la santidad es lo que es amado por los
dioses, es admitir la sinonimia de dos términos de hecho
distintos; es asociar dos ideas en el fondo muy diferentes.
Eu efecto, lo que es santo, siendo amable en sí, amado
por si, no tiene ninguna relación con lo que es amado,
y que sólo es amable en tanto que es amado. Lo primero
subsiste independientemente del amor que exige; lo se-
gundo sólo existe por el capricho del amor. La última
consecuencia de este razonamiento es, que no está en po-
der de los dioses constituir á su placer ni lo santo ni lo
impío.
Por consiguiente, el ser amado por los dioses no es más
quC’ una de las propiedades de la santidad, pero no es su
esencia. Pero entonces, ¿qué es la santidad en sí, y por
qué la aman los dioses ? Esto es lo que estamos ahora en
el caso de averiguar. Para ello recurramos á una tercera
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definición. Lo santo es lo justo; y para dar la prueba, exa-
minemos la naturaleza de la relación que liga la santidad
á la justicia. ¿Cuál de las dos comprende la otra? ¿Lo justo
es una parte de lo santo, ó lo santo es una parte de lo
justo? Si es cierto decir que las acciones santas son siem-
pre justas, mientras que no todas las acciones justas son
necesariamente santas, no puede menos de admitirse que
la justicia es más extensa por esencia que la santidad.
La santidad es sólo esta parte de la justicia que se re-
fiere á los cuidados y atenciones que el hombre debe á
los dioses: verdadera sirviente de los dioses, la santidad
les honra con el doble ministerio de la oración y de los
sacrificios. Pero orar es pedir, y sacrificar es dar; de donde
se sigue que los hombres, al parecer, ejercen con los dio-
ses una especie de cambio , un tráfico, i La santidad un
tráfico I Así lo exige una lógica rigorosa ; y además es
oste un tráfico del que no resulta ninguna ventaja álos dio-
ses, puesto que el hombre puede ganar, efecto de la divina
benevolencia, y ea cambio sólo puede ofrecer á los dioses
un sacrificio absolutamente estéril para la divinidad. ¿Se
dirá qu& el culto es agradable á los dioses? Sin dud#?
Pero como el culto no es otra cosa que la santidad , se
vuelve por un círculo inevitable á la definición ya refu-
tada: La santidad es lo que agrada á los dioses. Este ter-
cer esfuerzo no tiene mejor resultado que los precedentes:
la discusión no adelanta, y Sócrates suplica al adivino
que la lleve á su término; pero éste lo esquiva y la corta
en tal estado.
Tal es el curso que ha llevado este diálogo , rico en su
brevedad. Se ha echado en cara á Platón la forma nega-
tiva y la falta de conclusión del Eviifron. La única res-
puesta que debe darse á lo primero es que hay cierta sin-
gularidad en convertir en cargo contra Platón una de las
necesidades de la polémica , cuyo deber es ciertamente
presentar, pelear y destruir el error bajo todas sus for-
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mas, antes de establecer la verdad. La ruina de loá siste-
mas rivales ¿ no es el más sólido fundamento de toda filo-
sofía dogmática ? Además , demostrar la falsedad de cier-
tos principios ¿no es dar una mayor claridad á los princi-
pios verdaderos ?—En segundo lugar , sostener que este
diálogo no concluye, es negarse voluntariamente , ¿ mi
parecer , á sacar las consecuencias de las premisas senta-
das en el curso de la discusión. ¿No puede concluirse de
tales premisas, por lo menos implícitamente, el haber de-
mostrado la impotencia moral del politeísmo, lo ridículo
y lo peligroso de sus tradiciones fabulosas , la vanidad y
esterilidad de su culto, la incapacidad radical de sus mi-
nistros para comprender y definir la santidad, el haber
puesto, en fin, en plena evidencia este verdadero y sólido
principio, conquista del esplritualismo naciente , de que
la santidad absoluta en sí, superior ¿ la voluntad de los
hombres , lo mismo que á lo arbitrario de los dioses del
paganismo, es eterna é inmutable como Dios mismo, Dios
único , su principio y su fin? Este es el primer esfuerzo
de las doctrinas nuevas , que después de haber arruinado
la degradante influencia de las supersticiones mitológicas
ciegame&te aceptadas , debían despertar, en las concien-
cias, el sentimiento de la libertad y de la dignidad del
hombre, y, en su razón, la idea verdadera de Dios y la
de una religión digna de él.
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EUTIFRON Ó DE LA SANTIDAD.
EUTIFEON.—SÓCRA.TES.
BÜTIFRON.
¿Qué novedad, Sócrates? ¿Abandonas tus hábitos del
Liceo para venir al pórtico del Rey? (1) Tá no tienes, co-
mo yo, procesos que te traigan 4 aquí.
SÓCRATES.
Lo que me trae aquí es peor que un proceso, es ló que
los atenienses llaman negocio de Estado.
EÜTIFRON.
¿ Qué es lo que me dices ? Precisamente alguno te acu-
sa ; porque jamás creeré que tú acuses á nadie.
SÓCRATES.
Seguramente que nó.
EUTIFRON.
¿Es otro el que te acusa?
SÓCRATES.
Sí.
EDT1FM)N.
¿Y quién es tu acusador?
SÓCRATES.
Yo no le conozco bien; me parece ser un joven, que no
es conocido aún, y que creo se llama Melito , de la villa
(1) Este pórtico del Bey era on lugar á la derecha del Cerá-
mico, donde uno de los nueve Areontes, que se llamaba el Rey,
presidia durante su año, y conocía de los homicidios y de los ul-
trojes hechos A la religión.
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de Pithos. Si recuerdas algún Melito de lUthos de pelo
laso , barba escasa y nariz aguileña, ese es mi acusador.
KÜTIFROX.
No le recuerdo , Sócrates. ¿ Pero cuál es la acusación
que intenta contra tí?
SÓCÍl.\TES.
¿Qué acusación? Una acusación que supone no ser un
hombre ordinario; porque en los pocos años que cuenta
no es poco estar instruido en materias tan importantes.
Dice que sabe lo que hoy dia se trabaja para corromper
la juventud, y que sabe quiénes son los corruptores. Siu
duda este joven es mozo muy entendido, que habiendo
conocido mi ignorancia viene á. acusarme de que cor-
rompo sus compañeros y me arrastra ante el tribunal de
la patria como madre común. Y es preciso confesarlo; es
el único que me parece conocer los fundamentos de una
buena política; porque la razón quiere que un hombre de
Estado comience siempre por la educación de la juven-
tud , para hacerla tan virtuosa cuanto pueda serlo ; á la
manera que un buen jardinero fija su principal cuidado
hn las plantas tiernas, para después extenderlo á las de-
más. Sin duda Melito observa la misma conducta, y co-
mienza por echarnos fuera á nosotros, los que dice que
corrompemos la flor de la juventud. Y después que lo
haya conseguido extenderá indudablemente sus cuidados
benéficos á las demás plantas más crecidas, y de esta ma-
nera hará á su patria los más grandes y numerosos ser-
vicios; porque no podemos prometemos menos de un
hombre que comienza con tan favorables auspicios.
EÜTIFRON.
¡Ojala sea asi, Sócrates! Pero me temo que ha de ser
todo lo contrario; porque atacándote á tí me parece que
ataca á su patria en lo que tiene de, más sagrado. Pero
te suplico me digas qué es lo que dice que tú haces para
corromper la juventud.
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SÓCRATES.
Cosas que por lo pronto, al escucharlas, parecen ab-
surdas, porque dice que fabrico dioses, que introduzco
otros nuevos , y que no creo en los diosea antiguos. Hé
aquí’de lo que me acusa.
EÜTIFROK.
Ya entiendo; es porque tú supones tener un demonio
familiar (1) que no te abandona. Bajo este principio él te
acusa de introducir en la religión opiniones nuevas, y
con eso viene á desacreditarte ante este tribunal, sabiendo
bien que el pueblo está siempre dispuesto á recibir esta
clase de calumnias. ¿Qué me sucede á mí mismo (2),
cuando en las asambleas hablo de cosas divinas y predigo
lo que ha de suceder? Se burlan todos de mí como de un
demente; y no es porque no se hayan visto realizadas las
cosas que he predicho , sino perqué tienen envidia á los
que son como nosotros. ¿ Y qué se hace en este caso? El
mejor partido es no curarse de ello y seguir uno su ca-
mino.
SÓCRATES.
Mi querido Eutifron; no es un gran negocio el verse
algunas veces mofado , porque al cabo los atenienses , á
mi parecer , se cuidan poco de examinar si uno es
hábil, con tal que no se mezcle en la enseñanza. Pero si
se mezcla, entonces montan en cólera, ya sea por envidia,
como tú dices, ó por cualquiera otra razón.
EUTIFRON.
En estas materias, Sócrates, no tengo empeño en sa-
ber cuáles son sus sentimientos respecto á mí.
(1) jBate demonio familiar era precisamente la divinidad nue-
va , qué los atenienses acusaban á Sócrates de querer introducir
en la religión.
(2) Eutifron ejercia la profesión de adivino, que era heredita-
ria entre los griegos.
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SÓCRATES.
Hé aqui sin duda por qué eres tú tan reservado, y por
qué no comunicas voluntariamente tu ciencia á los demás;
pero respecto á mí, temo no creen que el amor que tengo
por todos los hombres me arrastra á enseñarles todo lo
que sé; no sólo sin exigirles recompensa, sino previnién-
doles y estrechándoles á que me escuchen. Que si se limi-
tasen á mofarse de mí, como dices se mofan de tí, no se-
ría desagradable pasar aquí algunas horas de broma y
diversión; pero si toman la cosa seriamente, sólo vosotros
los adivinos podréis decir lo que sucederá.
BOTIFROX.
Espero que ningún mal te suceda , y que llevarás á
buen término tu negocio, como yo el mió.
SÓCRATES.
¿Luego tienes aquí algún negocio? ¿Y eres defensor ó
acusador?
EUTIFRON.
Acusador.
SÓCRATES.
¿A quién persigues?
EÜTlFRON.
Cuando te lo diga me creerás loco.
SpCRATES.
I Cómo! ¿Acusas á alguno que tenga alas?
EUTIFRON.
El que yo persigo, en lugar de tener alas, es tan vie-
jo , que apenas puede andar.
SÓCRATES.
¿ Quién es ?
EUTIFRON.
Mi padre.
SÓCRATES.
i Tu padre!
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BDTIPRON.
Sí, mi padre.
SÓCRATES.
¡Ahí ¿De qué le acusas?
BCTIFRON.
De homicidio, Sócrates.
SÓCRATES.
De homicidio, ¡ por Hércules! Hé aquí una acusación
que está fuera del alcance del puehlo, que no com-
prenderá j’amás que pueda ser j’usta, en términos que un
hombre ordinario tendría mucha dificultad en sostenerla.
Un hecho semej’ante estaba reservado para un hombre
que ha llegado á la cima de la sabiduría.
ECTIFRON.
Sí, ¡por Hércules! á la cima de la sabiduría.
SÓCRATES.
¿Es alguno de tus parientes á quien tu padre ha dado
muerte? Indudablemente debe ser así, porque por un ex-
traño no habías de acusar á tu padre.
EÜTIFRON.
¡ Qué absurdo, Sócrates, creer que en eata materia haya
diferencia entre un pariente y un extraño! Lo que es pre-
ciso tener presente es si el que ha dado la muerte lo ha
hecho justa ó inj’ustamente. Si es justamente , es preciso
dejarle en paz; pero si es injustamente, tii estás obligado
á perseguirle, cualquiera que sea la amistad ó parentesco
que haya entre vosotros. Sería hacerte cómplice de su
crimen si mantuvieras relaciones con él y no pidieras su
castigo, que es el único que puede absolver á ambos. Mas
voy á ponerte al corriente del hecho que motiva la acusa-
ción. El muerto era uno de nuestros colonos que llevaba
una de nuestras heredades cuando habitábamos en Naxos.
Un dia; que habia bebido con exceso, se remontó y en-
carnizó tan furiosamente contra uno de nuestros esclavos,
que le mató. Mi padre ató de pies y manos al colono, I0
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sumió en una profunda hoya y en el acto envió aquí á
consultar á uno de los Exégetas para saber lo que debia
hacer, sin curarse más del prisionero y abandonándole
como un asesino, cuya vida era de poca importancia; asi
fué que murió; porque el hambre, el frió y el peso
de las cadenas le mataron antes que el hombre, que mi
padre envió, volviese. Con este motivo, y vista mi acti-
tud, toda la familia se subleva contra mí, porque me-
diando un asesino acuso á mi padre de un homicidio, que
ellos pretenden que no ha cometido , y aun dado caso de
que le hubiera cometido, sostienen que yo no deberla per-
seguirle , puesto que el muerto era un malvado y un ase-
sino , y que por otra parte es una acción impía que un
hijo persiga á su padre criminalmente. ¡Tan ciegos están
sobre el conocimiento de las cosas divinas, y tan incapa-
ces para discernir lo que es impío de lo que es santo I
SÓCRATES.
Pero ¡por Júpiter! ¿crees, Eutifron, tá que conoces tan
exactamente las cosas divinas, y que distingues con pre-
cisión lo que es santo y lo que es impío , que habieüdo
pasado las cosas de la manera que dices , puedas perse-
guir á tu padre, sin temor de cometer una impiedad?
KCTIFROÍT.
Me estimarla bien poco, y Eutifron no tendría ventaja
sobre los demás hombres , si no conociese todas estas co-
sas perfectamente.
SÓCRATES.
1 Oh maravilloso Eutifron 1 Estoy convencido de que el
mejor partido que yo puedo tomar es hacerme tu discípulo
y hacer saber á Melito, antes del juicio de mi proceso, que
hasta aquí he mirado como una de las mayores ventajas
saber bien las cosas divinas; pero que hoy dia , viendo
que me acusa de haber caldo en el error introduciendo
temerariamente opiniones nuevas sobre la divinidad , me
he pasado á tu ¿scuela. Así, pues, le diré: Melito, si con
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fiesas que Eutifron es hábil en estas materias, y que sus
opiniones son buenas, te declaro que tengo los mismos
sentimientos que él; por consiguiente cesa de perseguir-
me; y si, por lo contrario, crees que^ Eutifron no es orto-
doxo , emplaza al maestro antes de tomarla con el discí-
pulo , puesto que él es el que pierde á los dos ancianos,
su padre y yo; á mí por enseñarme una religión falsa, y
á su padre por perseguirle, fundado en los principios de
esta misma religión. Pero si se desentiende de mi petición
y continúa en perseguirme, ó dejándome se dirige á tU
tú no dejarás de comparecer y decir lo mismo que yo le
bubiera significado.
KÜTIFRON.
¡Por Júpiter! Sócrates, si su imprudencia llega al punto
de atacarme , bien pronto encontraré su flaco , y correrá
más peligro que yo delante de los jueces.
SÓCRATES.
Ya lo sé, y bé aquí por qué deseaba tanto ser tu discí-
pulo , seguro que no hay nadie tan atrevido para mirarte
cara á cara; ni el mismo Melito; ese hombre que penetra
basta tal punto el fondo de mi corazón que me acusa de
impiedad.
Ahora, en nombre de los dioses, dime lo que hace poco’
me asegurabas saber tan bien: qué es lo santo y lo impío;
sobre el homicidio, por ejemplo, y sobre todos los demás
objetos que pueden presentarse. ¿La santidad no es siem-
pre semejante á sí misma en toda clase de acciones ? Y la
impiedad, que es su contraria, ¿no es igualmente siem-
pre la misma, de suerte que la misma idea, el mismo ca-
rácter de impiedad, se encuentra siempre en lo que es
impío?
EUTIFRON.
Seguramente, Sócrates.
SÓCRATES.
Dime, pues, lo que entiendes por lo sanio y lo impío.
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EÜTIFRON.
Llamo santo , por ej’emplo, lo que hago yo hoy dia de
persegxiir en j*usticia todo hombre que comete muertes,
sacrilegios y otras injusticias semejantes, ya sea padre,
madre, hermano ó cualquiera otro; y llamo impío no per-
seguirles. Sígneme, Sócrates; te lo suplico , porque
quiea?o darte pruebas bien positivas de que mi definición
es buena, y que es una acción santa, como se lo he dicho
á muchas personas, no tener ningún género de mira-
mientos con el impío, cualquiera que él sea. Todo el
mundo sabe que Júpiter es el mejor y el más justo de los
dioses, y todos convienen en que encadenó á su mismo
padre porque devoraba sus hijos contra razón y justicia;
y Saturno no trató con menos rigor á su padre por otra
falta. Sin embargo, se sublevan contra mí porque persigo
á mi padre por ima injusticia atroz , y se incurre en una
manifiesta contradicción, juzgando de tan distinto modo
la acción de los dioses y la mia.
SÓCRATES.
¿No es esto mismo, Eutifron, lo que motiva hoy mi
acusación ante el tribunal, porque cuando se me habla de
estas leyendas de los dioses las recibo con dificultad? Y
estoy persuadido que este será el crimen que se me impu-
te. Si tú que eres tan hábil en materia de religión, estás
de acuerdo en este punto con el pueblo, y si crees en
tales leyendas, es de necesidad que nosotros lo creamos
igualmente; nosotros que confesamos ingenuamente no
tener ningún conocimiento de estas materias. Esta es la
razón para pedirte , en nombre del dios que preside á la
amistad, que no me engañes , y que me digas: ¿ Crees
que todas estas cosas se hayan realmente verificado?
lUTlFaON.
No sólo éstas, sino también otras más sorprendentes,
qie el pueblo ignora.
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n
SÓCRATES.
¿ Crees con formalidad que entre los dioses hay guer-
ras , odios, combates y todas las demás pasiones tan sor-
prendentes que los poetas y pintores nos representan en
sus poesías y en sus cuadros , de que se hace ostentación
por fodas partes en nuestros templos , y con que se abi-
garra ese velo misterioso que se lleva cada cinco años en
procesión á la cindadela del Acrópolis durante las Pana-
teneas (1)? Eutifron, ¿ debemos nosotros recibir todas es-
tas cosas como verdades?
EUTIFRON’.
No sólo éstas, Sócrates, sino muchas otras, como te
dije antes, que te explicaré si quieres, y que te sorpren-
derán bajo mi palabra.
SÓCRATES.
No me sorprenderán; pero tú me las explicarás en otra
ocasión que estemos más despacio. Ahora procura expli-
carme más claramente lo que te he preguntado; porque
aún no has satisfecho plenamente á mi pregunta, ni me
has enseñado lo que es santidad. Sólo me has dicho, que lo
santo es lo que tú haces, acusando á tu padre de homi-
cidio.
EDTIFRON.
Te he dicho la verdad.
SÓCRATES.
Quizá. ¿Pero no hay otras muchas cosas que tú lla-
mas santas?
EÜTlFRON.
Sin duda.
SÓCRATES.
• Acuérdate, te lo suplico, que lo que he pedido no
es que me enseñes una ó dos cosas santas entre un
(1) Las Panateneas eran lasfiestasde Minerva , que se cele-
braban cada cinco aiioa con juegos y sacriflcioa.
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gran número de otras que lo son jgualmente; sino que
me des una idea clara-y distinta de la naturaleza de la
santidad, y lo que hace que todas las cosas santas sean
santas; porque tú mismo me has dicho que un solo y
mismo carácter hace que las cosas santas sean santas; así
como un solo y mismo carácter hace que la impiedad sea
siempre impiedad. ¿No te acuerdas?
KDTIFRON.
Sí, me acuerdo.
SÓCRATES.
Enséñame, pues, cuál es ese carácter, á fin de que te-
niéndolo siempre á la vista, y sirviéndome de él como un
modelo , esté en posesión de asegurar sobre todo lo que tú
ú otros hagan, que lo que es ajustado á dicho modelo es
santo, y que lo que no lo es, es impío.
EDTIFRON.
Si es eso lo que quieres, Sócrates, estoy pronto á sa-
tisfacerte.
SÓCRATES.
Seguramente es lo que quiero.
EÜTIFROX.
Digo, pues, que lo santo es lo que es agradable á los
Dioses, é impío lo que les es desagradable.
SÓCR-VTKS.
Muy bien, Eutifron. Me has contestado con precisión á
lo que te habia preguntado; mas en cuanto á saber si es
una verdad lo que dices, hasta ahora no lo comprendo
así; pero indudablemente me convencerás de que lo es.
EDTIFRON.
Te satisfaré.
SÓCRATES.
Vamos , examinemos bien lo que decimos. Una cosa
santa, un hombre santo, es una cosa, es un hombre que
ea agradable á los dioses; una cosa impía, un hombre
impío, es un hombre, es una cosa que les es desagradable,
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y de este modo lo santo y lo impío son directamente
opuestos; ¿no es así?
EÜTIFRON.
Sin contradicción.
SÓCRATES.
¿Te parece estar esto bien definido?
EUTlFRON.
Lo creo.
SÓCRATES.
¿Pero no estamos también acordes en que los dioses
tienen entre sí enemistades y odios, y que muchas veces
están discordes y divididos?
EUTlFRON.
Sí; sin duda.
SÓCRATES.
Examinemos, pues, aquí en qué puede consistir esta
diferencia de pareceres que produce entre «llos estas ene-
mistades, estos odios. Si tú y yo disputáramos sobre dos
números para saber cuál es el mayor, ¿esta diferencia nos
haría enemigos y nos arrastraría á ejercer violencias? O
mas bien , poniéndonos á contar, ¿ nos pondríamos en el
momento de acuerdo?
EÜTIFUON.
Es claro.
SÓCRATES.
Y si disputáramos sobre la diferente magnitud de los
cuerpos, ¿no nos pondríamos á medir, y no se daría en el
acto por terminada nuestra disputa?
EÜTIFROX.
En el acto.
SÓCRATES.
Y si disputáramos sobre la pesantez, ¿no se terminaría
bien pronto nuestra disputa por medio de una balanza?
KÜTIFRON.’
Sin dificultad.
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SÓCRATES.
¿Pues qué es lo que podría hacemos enemigos irrecon-
ciliables, si llegáramos á disputar sin tener una regla
fija á que pudiéramos recurrir? Quizá no se presenta á tu
espíritu ninguna de estas cosas, y voy á proponerte algu-
nas. Eeflexiona un poco y mira si por casualidad estas
cosas son lo justo y lo injusto, lo honesto y lo inhonesto,
el bien y el mal. Porque ¿no son éstas las que por falta
de una regla suficiente para ponernos de acuerdo en núes
tras diferencias, nos arrojan á deplorables enemistades? Y
cuando digo nosotros, entiendo todos los hombres.
EÜTIFRON.
Hé aquí, en efecto, la causa de nuestros disenti-
mientos.
SÓCRATES.
Y si es cierto que los dioses tienen diferencias entre si
sobre cualquiera cosa, ¿no es preciso que recaigan necesa-
riamente sobre alguna de las mismas que dejo expre-
sadas?
EÜTIFROX.
Eso es de toda necesidad.
SÓCRATES.
Por consiguiente, según tú, excelente Eutifron, los
d i c ^ están divididos sobre lo justo y lo injusto, sobre lo
honesto y lo inhonesto, sobre lo bueno y lo malo; porque
ellos no pueden tener otro objeto de disputa; ¿no es asi?
KÜTIFRON.
Como lo dices.
SÓCRATES.
Y las cosas que cada uno de los dioses encuentra ho-
nestas, buenas y justas las ama, y aborrece las contra-
rias?
EUTIFRON.
Sin dificultad.
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SÓCRATES.
Según tú, una misma cosa parece justa á los unos é
injusta álos otros, y este disentimiento es la causa de sus
disputas y de sus guerras. ¿No es así?
EBTIFRON.
Sin duda.
SÓCRATES.
Se sigue de aquí, que una misma cosa es amada y
aborrecida por los dioses, y les es al mismo tiempo agra-
dable y desagradable.
EÜTIFRON.
Así parece.
SÓCRATES.
Y por consiguiente, lo santo y lo impío no son una
misma cosa según tú?
EUTIFRON.
La consecuencia parece ser exacta.
SÓCRATES.
Aún no has respondido á mi pregunta , incomparable
Eutifron; porque yo no te preguntaba lo que es á la vez
santo é impío , agradable y desagradable á los dioses; de
manera que podrá suceder muy bien sin milagro que la
acción que haces hoy persiguiendo en juicio á tu padre,
agrade á Júpiter y desagrade á Coelo y á Saturno ; que
sea agradable á Vulcano y desagradable á Juno; y así á
todos los demás dioses que no estén conformes en ima
misma opinión.
EUTIFRON.
Pero yo creo, Sócrates, que sobre esto o» hay disputa
entre los dioses, y que ninguno de ellos quiere que el
que ha cometido una muerte injusta quede impune;
SÓCRATES.
Tampoco hay hombre que lo pretenda. ¿ Has oido ja-
más que se haya atrevido nadie á sostener que el que ha
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cometido una muerte infamemente, ó cometido cualquiera
otra injusticia, pueda quedar sin castigo?
EÜTIFRON.
No se oye ni se ve en todas partes otra cosa en los tri-
bunales.” Dos que han cometido injusticias dicen y hacen
todo cuanto pueden para evitar el castigo.
SÓCRATES.
¿Pero esas gentes, Eutifron. confiesan que han come-
tido injustamente aquello de que se los acusa? ¿Ó bien,
confesándolo, sostienen que no deben ser castigados?
EÜTIFRON.
No lo confiesan, Sócrates.
SÓCRATES.
No dicen ni hacen todo lo que pueden, porque no se
atreven á sostener ni suponer que siendo probada su in-
justicia, no deban de ser castigados, sino que pretenden
más bien que ellos no han cometido injusticia. ¿No es asi?
EÜTIFRON.
Es cierto.
SÓCRATES.
No ponen en duda que el culpable de una injusti-
cia deba ser castigado, y la cuestión es saber quién ha
cometido la injusticia, cuándo y cómo la ha cometido.
EÜTIFRON.
Eso es cierto.
SÓCRATES.
¿No es lo mismo lo que sucede en el cielo, si es cierto,
como antes has confesado, que los dioses están en discor-
dia sobre lo justo y lo injusto? ¿No sostienen los unos que
los otros son iújustos? Estos últimos ¿no sostienen lo con-
trario? Porque entre ellos, lo mismo que entre nosotros,
no hay uno que se atreva á decir que el autor de una in-
justicia no deba ser castigado.
EÜTIFRON.
Todo lo que dices es cierto, por lo menos en general.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
23
SÓCRATES.
Di también en particular, porque las disputas de todos
los dias de los dioses y de los hombres recaen sobre ac-
ciones particulares, y si los dioses disputan sobre alguna
cosa, precisamente tiene que recaer sobre cosa particu-
lar, diciendo los unos que tal acción es justa, y diciendo
los otros que es injusta. ¿No es así?
EUTIFBON.
Seguramente.
SÓCRATES.
Por consiguiente, ven acá, mi querido Eutifron, y
dime, para mi instrucción particular, qué prueba cierta
tienes de que los dioses todos han desaprobado la muerte
de vuestro colono; el cual, de resultas de haber quitado la
vida á palos á un esclavo, habia sido cargado de hierros
por el dueño de éste, causándole la muerte, antes que tu
padre recibiese de Atenas la respuesta que esperaba.
Hazme ver que en este suceso es una acción piadosa y
justa , que un hijo acuse á su padre de homicidio, y que
pida ante el tribunal su castigo ; y trata de probarme,
pero de una manera clara y patente, que todos los dioses
aprueban la acción de este hijo. Si consigues esto, no ce-
saré toda mi vida de celebrar tu habilidad.
EUTIFRON.
Dificultad presenta, Sócrates, si bien soy capaz de de-
mostrártelo claramente.
SÓCRATES.
Ya te entiendo; me tienes por cabeza más dura que la
de tus jueces; porque respecto á ellos , les harás ver sin
dificultad, que tu colono ha muerto injustamente, y que
todos los dioses desaprueban la acción de tu padre.
EUTIFRON.
Se lo haré ver claramente, con tal que quieran escu-
charme.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
24
SÓCRATES.
¡Oh! No dejarán de escucharte, con tal que les dirijas
bellos discursos; pero hé aquí una reflexión que me ocurre.
En vista de lo que acabo de oirte, me decia á mí mis-
mo : aun cuando Eutifron me probase que todos los dio-
ses encuentran injusta la muerte de su colono , ¿habré
adelantado en la cuestión? ¿conoceré mejor lo que es
santo y lo que es impío ?
La muerte del colono ha desagradado á los Dioses, se-
gún se pretende, y yo convengo en ello ; pero esto no es
una definición de lo santo y de su contrario, puesto que
los dioses están divididos, y lo que es agradable á
los unos es desagradable á los otros. También doy por
sentado que los dioses encuentren injusta la acción de tu
padre, y que todos le aborrezcan; pero corrijamos un
poco nuestra definición, te lo suplico, y digamos : lo que
es aborrecido por todos los dioses, es impío , y lo que es
amado por todoff ellos es santo, y lo que es amado por los
unos y aborrecido por los otros, no es ni santo ni impío, ó
es lo uno y lo otro á la vez. ¿Quieres que nos atengamos
á esta definición de lo santo y de lo impío?
EUTIFUOiS.
¿Quién lo impide, Sócrates?
SÓCRATES.
No es cosa mia. Eutifron; mira si te conviene hacer
tuyo este principio, y sobre él me enseñarás mejor lo que
me has prometido.
EUTIFRON.
Por mí no tengo inconveniente en sentar que lo santo es
lo que aman todos los dioses, é impío lo que todos ellos
aborrecen.
SÓCRATES.
¿Examinaremos esta definición jiara ver si es verdade-
ra , ó la recibiremos sin examen y habremos de tener esta
tolerancia con nosotros y con los demás, dando rienda
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
25
suelta á nuestra imaginación y á nuestra fantasía, en
términos que baste que un hombre nos digu que una cosa
existe para que se le crea, ó es preciso examinar lo que
se dice?
KÜTIFRON.
Es preciso examinar, sin duda; pero estoy seguro, que
el principio que acabamos de sentar es justo.
SÓCRATES.
Eso es lo que vamos á ver muy pronto: sigúeme. ¿Lo
santo es amado por los diosas porque es santo, ó es santo
porque es amado por ellos?
EÜTIFRON.
No entiendo bien lo que quieres decir, Sócrates.
SÓCRATES.
Voy á explicarme. ¿ No decimos , que una cosa es lle-
vada y que una cosa lleva? ¿Que una cosa es vista y que
una cosa ve? ¿Que una cosa es empujada y que una cosa
empuja? ¿Comprendes tú que todas estas cosas son dife-
rentes y en qué difieren?
EtTIFRON.
Me parece que lo comprendo.
SÓCRATES.
La cosa amada ¿no es diferente de la cosa que ama?
EUTlFRON.
Vaya una pregunta.
SÓCRATES.
Dime igualmente; ¿la cosa llevada es llevada porque se
la lleva, ó por alguna otra razón?
EÜTIFRON.
Porque se la lleva, sin duda.
SÓCRATES.
¿y la cosa empujada es empujada porque se la empuja,
‘ y la cosa vista es vista porque se la ve?
KDTIFRÓS.
Seguramente.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
26
SÓCRATES.
Luego 110 es cierto que se ve una cosa porque es vista,
sino por lo contrario; ella es vista porque se la ve. No es
cierto que se empuja una cosa porque ella es empujada,
sino que ella es empujada porque se la empuja. No es
cierto que se lleva una cosa porque es llevada, sino que
ella es llevada porque se la lleva. ¿No es esto muy claro?
Ya entiendes lo que quiere decir, que se hace ima cosa
porque ella es hecLa, que un ser, que padece, no padece
porque es paciente, sino que es paciente porque padece.
¿No es así?
EÜTIFRON.
¿Quién lo duda?
SÓCRATES.
Ser amado, ¿no es un hecho ó una especie de paciente?
EÜTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
Sucede con lo que es amado lo mismo que con todas las
demás cosas; no se ama porque es amado, sino todo lo
contrario; es amado porque se le ama.
EUTlFRON.
Esto es más claro que la luz.
SÓCRATES.
¿Qué diremos de lo santo, mi querido Eutifroa?¿No es
amado por todos los dioses, como tú lo has sentado ?
EÜTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
¿ Y es amado porque es santo, ó por alguna otra razón?
EÜTIFRON.
Precisamente porque es santo.
SÓCRATES.
Luego es amado por los dioses porque es santo ; mas
¿no es santo porque es amado?
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
21
EDTIFROS.
Así me parece.
SÓCRATES.
Pero lo santo, ¿no es amable á los dioses porque los
dioses lo aman ?
ECTIFRON.
*¿Quién puede negarlo?
SÓCRATES.
Lo que es amado por los dioses no es lo mismo que lo
que es santo, ni lo que es santo es lo mismo que lo que
es amado por los dioses, como tú dices, sino que son co-
sas muy diferentes.
EÜTIFRON.
¿Cómo es eso, Sócrates?
SÓCRATES.
“No cabe duda, puesto que nosotros estamos de acuer-
do , que lo santo es amado porque es santo, y que no es
santo porque es amado. ¿No estamos conformes en esto?
EUTIFRON.
Lo confieso.
SÓCRATES.
¿No estamos también de acuerdo, en que lo que es ama-
ble á los dioses, no lo es porque ellos lo amen, y que no
es cierto decir que ellos lo aman porque es amable?
EUTIFRON.
Eso es cierto.
SÓCRATES.
Pero, mi querido Eutifron , si lo que es amado por los
dioses y lo que es santo fuesen una misma cosa, como lo
santo no es amado sino porque es santo, se seguiría que
los dioses amarían lo que ellos aman porque es amable.
Por otra parte, como lo que es amable á los dioses no es
amable sino porque ellos lo aman, seria cierto decir
igualmente que lo santo no es santo sino porque es amado
por ellos. Ve aquí que los dos términos amable á los
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
28
dioses y santo son muy diferentes ; el uno no es amado
sino porque los Dioses lo aman, y el otro es amado por-
que merece serlo por sí mismo. Así, mi querido Eutifron,
habiendo querido explicarme lo santo , no lo has hecho
de su esencia, y te has contentado con explicarme una
de sus cualidades, que es la de ser amado por los dioses.
No me has dicho aún lo que es lo santo por su esencia. Si
no lo llevas á mal, te conjuro á que no andes con misterios,
y tomando la cuestión en su origen, me digas con exactitud
lo que es santo , ya sea ó no amado por los dioses;
porque sobre esto último no puede haber disputa entre
nosotros. Así, pues, dime con franqueza lo que es santo
y lo que es impío.
EÜTIFROS.
Pero, Sócrates, no sé cómo explicarte mi pensamiento;
porque todo cuanto sentamos parece girar en torno nues-
tro sin ninguna fijeza.
SÓCRATES.
Eutifron, todos los principios que has establecido se
parecen bastante á las figuras de Dédalo (1), uno de
mis abuelos. Si hubiera sido yo el que los hubiera sen-
tado, indudablemente te habrías burlado de mí y me
habrías echado en cara la bella cualidad que tenían las
obras de mi ascendiente, de desaparecer en el acto mismo
en que se creían más reales y positivas; pero, por des-
gracia, eres tú el que las ha sentado, y es preciso que yo
me valga de otras chanzonetas, porque tus principios se
te escapan como tú mismo lo has apercibido.
EÜTirRON.
Respecto á mí, Sócrates, no tengo necesidad de va-
lerme de tales argucias; á tí sí que te cuadran perfecta-
mente ; porque no soy yo el que inspira á nuestros razo-
namientos esa instabilidad, que les impide cimentar en
{1) Dédalo era un escultor y arquitecto célebre.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
29
firme; tú eres el que representas al verdadero Dédalo. Si
fuese yo solo, te respondo que nuestros principios serian
firmes.
SÓCRATES.
Yo soy más hábil en mi arte que lo era Dédalo. Este
sólo sabia dar esta movilidad á sus propias obras, cuando
yo, no sólo la doy á las mias, sino también á las ajenas;
y lo más admirable es, que soy hábil á pesar mió, por-
que gustaría incomparablemente más que mis principios
fuesen fijos é inquebrantables, que tener todos los tesoros
de Tántalo con toda la habilidad de mi abuelo. Pero
basta de chanzas , y puesto que tienes remordimientos,
ensayaré aliviarte y abrirte un camino más corto, para
conducirte al conocimiento de lo que es santo, sin dete-
nerte en tu marcha. Mira, pues , si no es de una necesi-
dad absoluta que todo lo que es santo sea justo.
EÜTIFRON.
No puede ser de otra manera.
SÓCRATES.
¿Todo lo que es justo te parece santo, ó todo lo que es
santo te parece justo? ¿*Ó crees, que lo que es justo no es
siempre santo, sino tan sólo que hay cosas justas que son
santas y otras que no lo son?
EÜTIFROff.
No puedo seguirte, Sócrates.
SÓCRATES.
Sin embargo, tú tienes sobre mí dos ventajas muy
grandes, la juventud y la habilidad.
Pero, como te decia antes, confias demasiado en tu sa-
biduría. Te suplico, que deseches esa’apatía, y que te
apliques un momento; porque lo que yo te digo no es di-
fícil de entender, no es más que lo contrario de lo que
canta un poeta:
¿Por qtié se tiene temor de celebrar á Júpiter qiie ha
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
30
creado todo? La ‘vergüenza es siempre compañera del
miedo.
No estoy de acuerdo con este poeta; ¿quieres saber
por qué?
EÜTIFRON.
Sí, tú me obligas á decirlo.
SÓCRATES.
No me parece del todo verdadero, que la vergüenza
acompañe al miedo, porque se ven todos los dias gentes
que temen las enfermedades, la pobreza y otros muchos
males, y sin embargo, no se avergüenzan de tener este
temor. ¿No te parece que es así?
EÜTIFKON.
Soy de tu dictamen.
SÓCRATES.
Por lo contrario, el miedo sigue siempre á la vergüenza.
¿Hay hombre, que teniendo vergüenza de una acción fea,
no tema al mismo tiempo la mala reputación que es su
resultada?
EüflFRON.
Cómo no ha de temer.
SÓCRATES.
Por consiguiente no es cierto decir:
La vergüenza es siempre compañera del miedo.
Sino que es preciso decir:
El miedo es siempre compañero de la vergüenza.
Porque es falso que la vergüenza se encuentre donde
quiera que esté el miedo. El miedo tiene más extensión
que la vergüenza. En efecto, la vergüenza es una parte
del miedo, como lo impar es una parte del número.
Donde quiera que hay un número, no es precisión que en
él se encuentre el impar, pero donde quiera que aparezca
el impar hay un número. ¿Me entiendes ahora?
BÜTIFRON.
Muy bien.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
31
SÓCRATES.
Esto es precisamente lo que te pregunté antes: ¿si
donde quiera que se encuentre lo justo allí está lo santo,
y si donde quiera que se encuentre lo santo allí está lo
j”usto? Parece que lo santo no se encuentra siempre con
lo justo, porque lo santo es una parte de lo justo. ¿ Senta-
remos este principio, ó eres tú de otra opinión?
EÜTIFROTí.
A mi parecer, este principio no puede ser com-
batido.
SÓCRATES.
Ten en cuenta lo que voy á decirte; si lo santo es una
parte de lo justo, es preciso averiguar qué parte de lo
justo tiene lo santo, como si me preguntases, qué parte
del número es el par, y cuál es este número, y yo te
respondiese que es el que se divide en dos partes iguales
y no desiguales. ¿No lo crees como yo?
EÜTIFRON,
Sin duda.
SÓCRATES.
Haz pues el ensayo de enseñarme á tu vez, qué parte
de lo justo es lo santo á fin de que indique á Melito que
ya no hay materia para acusarme de impiedad; á mí que
tan perfectamente he aprendido de tí lo que es la piedad
y la santidad y sus contrarias.
EDTIFRON.
Me parece á mí, Sócrates, que la piedad y la santidad
son esta parte de lo justo, que corresponde al culto de los
dioses, y que todo lo demás consiste en los cuidados y
atenciones que los hombres se deben entre sí.
SÓCRATES.
Muy bien, Eutifron; sin embargo, falta alguna pe-
queña cosa, porque no comprendo bien lo que tú entien-
des por la palabra culto. ¿Este cuidado de los dioses es el
mismo que el que se tiene por todas las demás cosas?
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
32
Porque decimos todos los dias, que sólo un jinete sabe
tener cuidado de un caballo; ¿no es así?
EÜTIFKON.
Si, sin duda.
SÓCRATES.
El cuidado de los caballos ¿compete propiamaite al arte
de equitación?
EÜTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
Todos los hombres no son á propósito para enseñar á
los perros, sino los cazadores.
EUTIFRON.
Sólo los cazadores.
SÓCRATES.
Por consiguiente el cuidado de los perros pertenece al
arte venatorio.
KüTlFRON.
Sin dificultad.
SÓCRATES.
¿Pertenece sólo á los labradores tener cuidado de los
bueyes?
EÜTIFROX.
Si.
SÓCRATES.
La santidad y la piedad es del cuidado de los dioses.
¿No es esto lo que dices?
EÜTIFRON.
Ciertamente.
SÓCRATES.
¿Todo cuidado no tiene por objeto el bien y utilidad de
la cosa cuidada? ¿No ves hacerse mejores y más dóciles
los caballos que están al cuidado de un entendido picador?
EÜTIFRON.
Sí, sin duda.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
33
SÓCRATES.
¿El cuidado que un buen cazador tiene de sus perros,
el que un buen labrador tiene de sus baeyes, no hace
mejores lo mismo á los unos que á los otros, y así en to-
dos los casos análogos? ¿Puedes creer, que el cuidado ea
estos casos tienda á dañar lo que se cuida?
EDTIFROX.
No sin duda, ipor Júpiterl
SÓCRATES.
¿Tiende pues á hacerlos mejores?
EUTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
La santidad, siendo el cuidado de los dioses, debe ten-
der á su wtílidad, y tiene ,por objeto hacer los dioses
mejores. ¿Pero te atreverías á suponer, que cuando
ejecutas una acción santa, haces mejor á alguno de los
dioses?
EUTIFRON.
Jamás, jpor Júpiter!
SÓCRATES.
No creo tampoco, que sea ese tu pensamiento, y esta
es la razón porque te he preguntado cuál era el cuidado
de los dioses, de que querías hablar, bien convencido que
no era éste.

EUTIFRON.
Me haces justicia, Sócrates.
SÓCRATES.
Este es ya punto concluido. ¿Pero qué clase de cuidado
de los dioses esf la santidad?
EUTIFRON.
El cuidado que los criados tienen por sus amos.
SÓCRATES.
Ya entiendo; ¿la saütídad es como la sirviente de los
dioses?
3
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
34
EDTIFRON.
Así es.
s,:
SÓCRATES.
¿Podrias decirme lo que los médicos operan por medio
dé su arte? ¿No restablecen la salud?
EÜTIFRON.
Sí.
SÓCRATES.
El arte de los constructores de buques ¿para qué es
bueno?
EUTIFRON.
Sin duda, Sócrates, para construir buques.
SÓCRATES.
¿El arte de los arquitectos no es para construir casas?
ECTIFRON.
Seguramente.
. ,
SÓCRATES.
Díme, ¿para qué puede servir la santidad, éste cuidado
de los dioses? Es claro, tú debes saberlo; tú que preten-
des conocer las cosas divinas mejor que nadie en el
mundo.
EDTIFRON.
Con razón lo dices, Sócrates.
SÓCRATES.
¿Díme, pues, ¡por Júpiter! lo que hacen los dioses de
bueno, auxiliados de nuestra piedad?
EÜTIFRON.
Muy buenas cosas, Sócrates.
SÓCRATES.
También las hacen los generales, mi querido amigo;
sin embargo, hay una muy principal, que es la victoria
que consiguen en los combates. ¿No es verdad?
EiniFRON.
Muy cierto.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
35
SÓCRATES.
Los labradores hacen igualmente muy buenas cosas,
pero la principal es alimentar al hombre con los produc-
tos de la tierra.
EDTIFRON.
Convengo en ello.

SÓCRATES.
Díme, pues. ¿De todas las cosas bellas que los dioses
hacen por el ministerio de nuestra santidad, cuál es la
principal?
EÜTIFRON.
Ya te dije antes, Sócrates, que es difícil explicar esto
con toda exactitud. Lo que puedo decirte en general es,
que agradar á los dioses con oraciones y sacrificios es lo
que se llama santidad, y constituye la salud de las fa-
milias y de los pueblos; en lugar de que desagradar á los
dioses es entregarse á la impiedad, que todo lo arruina
y destruye, hasta los fundamentos.
SÓCRATES.
En verdad, Eutifron, si hubieras querido, habrías po-
dido decirme con menos palabras lo que te he pregun-
tado. Es fácil notar, que no tienes deseo de instruirme,
porque antes estabas en camino, y de repente te has se-
parado de él; una palabra más, y yo conoceré perfecta-
mente la naturaleza de la santidad. Al presente, puesto
que el que interroga debe seguir al que es interroga-
do , ¿no dices que la santidad es el arte de sacrificar y de
i orar?
EÜTIFROTÍ.
Lo sostengo.
SÓCRATES.
Sacrificar es dar á los dioses. Orar es pedirles.
BÜTIFBON.
Muy bien, Sócrates.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
á6
SÓCRATES.
Se sigue de este principio, que la santidad es la ciencia
de dar y de pedir á los dioses.
EUTIFRON.
Has comprendido perfectamente mi pensamiento.
SÓCRATES.
Esto consiste en que estoy prendado de tu sabiduría, y
me entrego á tí absolutamente. No temas que me desen-
tienda ni de una sola de tus palabras. Dime, pues, ¿cuál
es el arte de servir á los dioses? ¿No es , según tu opi-
nión, darles y pedirles?
EÜTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
Para pedir bien, ¿no es necesario pedirles cosas que ten-
gamos necesidad de recibir de ellos?
EUTIFRON.
Nada más verdadero.
SÓCRATES.
Y para dar bien, ¿no es preciso darles en cambio cosas
que ellos tengan necesidad de recibir de nosotros? Porque
sería burlarse dar á alguno cosas de que no tenga nin-
guna necesidad).
EÜTIFRON.
Es imposible hablar ¿íéjóf.
SÓCRATES.
La santidad, mi querido Eutifron, ¿es por consiguiente
una especie de tráfico entre los dioses y los hombres?
EUTIFRON.
Si asi lo quieres, será un tráfico.
SÓCRATES.
Yo no quiero que lo sea, si no lo es realmente; pero
dime: ¿qué utilidad sacan los dioses de los presentes que
les hacemos? Porque la utilidad que sacamos de ellos es
bien clara, puesto que no somos partícipes del bien más
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
31
pequeño que no lo debamos á su liberalidad. ¿ Pero de
qué utilidad son á los dioses nuestras ofrendas? ¿Sere-
mos tan egoístas que sólo nosotros saquemos ventaja de
este comercio , y que los dioses no saquen ninguna?
EÜTIFRON.
¿Piensas, Sócrates, que los dioses pueden jamás sacar
ninguna utilidad de las cosas que reciben de nosotros?
SÓCRATES.
¿Luego para qué sirven todas nuestras ofrendas?
EUTIFRON.
Sirven para mostrarles nuestra veneración, nuestro
respeto y el deseo que tenemos de merecer su favor.
SÓCRATES.
¿Luego, Eutifron, lo santo es lo que obtiene el favor de
los dioses, y no lo que les es útil ni lo que es amado de
ellos?
EÜTlFRON.
No, yo creo que por cima de todo está el ser amado
por los dioses.
SÓCRATES.
Lo santo, á lo que parece, es aun lo que es amado
por los dioses.
EUTIFRON.
Sí, por cima de todo.
SÓCRATES.
¡ Hablándome asi extrañas que tus discursos muden sin
cesar, sin poder fijarse I ¿Y te atreves á acusarme de ser
el Dédalo que les da esta movilidad continua, tú que
mil veces más astuto que Dédalo, los haces girar en
círculo ? ¿No te apercibes que vuelven sin cesar sobre sí
mismos? ¿Has olvidado, sin duda, que lo que es santo y
lo que es agradable á los dioses no nos ha parecido la
misma cosa , y que las hemos encontrado diferentes? ¿No
te acuerdas?
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
.38
EUTIFRON,
Me acuerdo.
SÓCRATES.
¡Ahí ¿no ves que ahora dices que lo santo es lo que es
amado por los dioses? Lo que es amado por los dioses, ¿no
es lo que es amable á sus ojos?
EUTIFRON.
Seguramente.
SÓCRATES.
De dos cosas una : ó hemos distinguido mal, ó si he-
mos distinguido bien, hemos incurrido ahora en una defi-
nición falsa.
EÜTIFRON.
Así parece.
SÓCRATES.
Es preciso que comencemos de nuevo á indagar lo que
es la santidad ; porque yo no cesaré hasta que me la ha-
yas enseñado. No me desdeñes, y aplica toda la fuerza
de tu espíritu para enseñarme la verdad. Tú la sabes
mejor que nadie, y no te dejaré, como otro Proteo, hasta
.que me hayas instruido; porque si no hubieses tenido un
perfecto conocimiento de lo que es santo y de lo que es
impío, indudablemente jamás habrías fulminado una acu-
sación criminal, ni acusado de homicidio á tu anciano
padre, por un miserable colono ; y lejos de cometer una
impiedad, hubieras temido á los dioses y respetado á los
hombres. No puedo dudar, que tú crees saber perfecta-
mente lo que es la santidad y su contraria; dímelo, pues,
mi querido Eutifron, y no me ocultes tus pensamientos.
EÜTIFRON.
Así lo haré para otra ocasión, Sócrates, porque en este
momento tengo precisión de dejarte.
SÓCRATES.
¡Ah! qué es lo que haces, mi querido Eutifron, esta
marcha precipitada me priva de la más grande y más
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871
39
dulce de mis esperanzas, pflwiue me lisonjeaba con que
después de haber aprendido de tí lo que es la santidad y su
contraria, podría salvarme fácilmente de las manos de
Melito, haciéndole ver con claridadfque Eutifron me ha-
bla instruido perfectamente en las cosas divinas; que la
ignorancia no me arrastraría á introducir opiniones nue-
vas sobre la divinidad; y que mi vida seria para lo suce-
,sivo más santa.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 1, Madrid 1871

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